Cansina y anticuada

(Artículo publicado en diario “Información” el 12 de octubre de 2014)

Me lo dice mucha gente. Dicen que soy cansina por denunciar en esta columna la brecha de desigualdad que nos separa a mujeres y a hombres. Una brecha que aumenta si se consideran otros factores de discriminación, como la orientación sexual, la raza o etnia, la nacionalidad, la discapacidad, la edad o la condición económica. Me sugieren que cambie de tema, que eso ya está muy visto. Vale, también la corrupción (por ejemplo) lo está y no por eso se deja de denunciar, sino todo lo contrario ¿Por qué molesta tanto o aburre que se hable de esta desigualdad?

Dicen que soy anticuada porque insisto en que todavía pervive un modelo generizado que responsabiliza a las mujeres de las tareas domésticas y de cuidado. Dicen que ese modelo es cosa del pasado, que ahora las cosas han cambiado. Que las más jóvenes ya no van a sufrir esas desigualdades.

El espejismo de la igualdad se ha instalado en nuestras sociedades del todavía llamado primer mundo pero de vez en cuando alguien se empeña en demostrar que la realidad es otra bien diferente. Eso han conseguido con el Proyecto de Investigación de la Universidad de Alicante “Género, Educación e Igualdad”, dirigido por la profesora de Sociología María Jiménez Delgado. Muchas personas comprometidas con una ciencia que permita la emancipación social y con muy pocos medios para investigar (por esa misma razón, porque ese tema no interesa a los mercados) han realizado un estudio sobre el alumnado de los centros de educación secundaria de la Zona Norte de Alicante, donde se concentra la población más desfavorecida socialmente. Los primeros resultados de la investigación son demoledores para las jóvenes pues no sólo constatan que muchas han de abandonar los estudios por el contexto de crisis (agravamiento de los problemas económicos familiares a causa del paro prolongado, alto coste de los estudios, ausencia de becas de comedor y libros, empeoramiento de las condiciones de vida) sino que la persistencia de roles de género hace que esta situación se agrave por las presiones sociales pues, en muchas ocasiones, las familias no perciben la utilidad de la escuela en sus vidas y las jóvenes en una gran proporción, asumen tareas de cuidado y de apoyo familiar muy pronto cuidando a hermanos, familiares, realizando las tareas domésticas, acompañando a sus progenitores en el mercado ambulante o en trabajos informales. Así, no es extraño que un elevado porcentaje de estas jóvenes declare que casarse es su expectativa de futuro.

Quizá si proliferaran estudios como éste (que ojalá consiga fondos para continuar) se podrían articular unas políticas que realmente contribuyesen a cerrar esta brecha de desigualdad entre mujeres y hombres. Mientras tanto, seguiré igual de cansina y anticuada.

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