Aristóteles en la playa

 

(Artículo publicado en diario “Información” el 17 de agosto de 2008)

Llegamos a la playa, probablemente en el día más caluroso de todo el verano. Alquilamos las tumbonas y la imprescindible sombrilla y comenzamos el ritual: extender las toallas, quitarnos la ropa, acomodar las bolsas estratégicamente, hinchar la colchoneta, embadurnarnos de crema protectora y lanzarnos al mar antes de morir por deshidratación. Tras el baño y otra pasada de crema, dispongo a un lado el cenicero portátil para la playa, enciendo un cigarrillo y ataco uno de los libros que me he traído: “Bouvard y Pecuchet”, de G. Flaubert. Todo funciona más o menos bien hasta que una panda de cuatro amigotes que rozan la treintena se instalan a nuestro lado. Parece que han comido lengua y el poniente favorece que sus conversaciones lleguen a mis oídos más nítidas de lo que yo hubiera deseado. Nada, que no paran, y cada vez hablan más y el volumen de sus voces aumenta proporcionalmente a la cantidad de cervezas que ingieren sin parar. Por más que me concentro en los excéntricos personajes de Flaubert, son los vulgares personajes de carne y hueso que tengo al lado los que definitivamente ganan mi atención cuando, dedicados al deporte nacional de despellejar a quienes no están presentes en ese momento, hablan de un chico que “necesita follar” a ver si remonta la depre que atraviesa y, acto seguido, de una chica que, afirman, “está mal follada” porque parece ser que no les hace ni p. caso a ninguno de ellos.

Puede provenir de jóvenes o viejos, con o sin recursos económicos y diferentes grados formativos, pero el comentario-reflexión es el mismo eternamente. Al final siempre queda el principio activo para ellos (follar) y el pasivo para nosotras (ser folladas) como solución a cualquier problema o contrariedad. No es nada nuevo. Bouvard y Pecuchet son sustituidos en mi mente por Aristóteles, gran impulsor del determinismo biológico, que sostenía que “las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural” y que, consecuentemente, “tratándose de la relación entre macho y hembra, el primero es superior y la segunda inferior: por eso el primero rige y la segunda es regida”. O lo que es lo mismo, me digo, el primero folla y la segunda es follada. Y los de al lado, jóvenes machos vociferantes bañados por dentro en cerveza, ignoran que han traído a Aristóteles a la playa, probablemente en el día más caluroso de todo el verano.

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